Resumen editorial:
- El hielo del polo sur lunar podría aportar agua, oxígeno y combustibles para misiones en el sistema solar, aunque su aprovechamiento sostenido todavía requiere desarrollo y pruebas.
- Aunque China aplazó el lanzamiento de Chang’e 7 mantiene su objetivo de llevar astronautas antes de 2030; Estados Unidos proyecta el alunizaje de Artemis IV para 2028.
- La competencia también involucra las reglas para utilizar recursos: las zonas de seguridad de los Acuerdos Artemis no otorgan propiedad sobre territorio lunar.
Por Redacción Guía Libre:
El recurso que podría transformar la exploración espacial está escondido en algunos de los rincones más oscuros de la Luna. Se trata del hielo de agua, cuyo aprovechamiento podría ayudar a mantener las bases de astronautas lejos de la Tierra y abastecer futuras misiones a Marte y otras zonas del sistema solar. Esa posibilidad ha convertido al polo sur lunar en un objetivo estratégico para China y Estados Unidos, que buscan desarrollar una presencia duradera en nuestro satélite.
La existencia de ese hielo ya cuenta con evidencias científicas. En 2009, la misión estadounidense LCROSS detectó agua en el material expulsado por un impacto provocado en el cráter Cabeus. En 2018, el análisis de datos de un instrumento de la NASA transportado por la sonda india Chandrayaan-1 confirmó hielo en zonas de sombra permanente. Ahora, el desafío consiste en conocer mejor su distribución, abundancia y accesibilidad.
El paisaje ayuda a explicar por qué esos depósitos han podido conservarse. Cerca de los polos, el Sol permanece muy bajo en el horizonte y sus rayos nunca alcanzan el fondo de determinados cráteres. Algunas de estas regiones pueden registrar temperaturas cercanas a los 203 grados bajo cero. Sin embargo, las condiciones varían de un sitio a otro y no todas las zonas oscuras contienen las mismas concentraciones de materiales congelados.

En contraste, ciertas elevaciones reciben luz durante periodos prolongados, lo que favorece la generación de electricidad con paneles solares. Esto no significa disponer de energía ininterrumpida: las sombras, el relieve y los cambios de iluminación obligan a planear cuidadosamente las instalaciones. A esa dificultad se suman las pendientes, las rocas y los cráteres que complican los aterrizajes y desplazamientos.
El atractivo del agua va mucho más allá de saciar la sed. Una vez extraída y procesada, podría servir para el consumo de las tripulaciones; también sería posible separar sus componentes para obtener oxígeno e hidrógeno, útiles para respirar y producir combustibles. Aprovechar recursos locales reduciría ampliamente la necesidad de transportarlos desde la Tierra, aunque todavía debe demostrarse que su extracción puede realizarse de manera eficiente y sostenida.
China pretende estudiar ese potencial mediante Chang’e 7, diseñada para combinar observaciones desde la órbita con exploración sobre el terreno y un vehículo capaz de efectuar saltos hacia áreas de difícil acceso. Sin embargo, su calendario cambió: el 23 de agosto de 2026, las autoridades anunciaron que la misión no cumplía las condiciones necesarias para despegar en la ventana prevista. El comunicado no estableció una nueva fecha.
El aplazamiento introduce incertidumbre en un programa que acumuló un logro histórico en 2024, cuando Chang’e 6 llevó a la Tierra las primeras muestras de la cara oculta lunar. La siguiente etapa incluye Chang’e 8, cuyo lanzamiento fue situado por la agencia espacial china alrededor de 2029. Esta misión forma parte de los preparativos para ensayar el aprovechamiento de recursos lunares y desarrollar infraestructura de investigación.
En paralelo, Pekín mantiene el objetivo de llevar astronautas a la Luna antes de 2030. Para ello desarrolla el cohete Larga Marcha 10, la nave tripulada Mengzhou y el módulo de descenso Lanyue. Las autoridades han informado de pruebas de escape, propulsión y aterrizaje, entre otras verificaciones; estos avances son pasos del desarrollo y todavía deben integrarse en un sistema capaz de completar una expedición tripulada.
La apuesta china también contempla una Estación Internacional de Investigación Lunar, impulsada junto con Rusia y abierta a otros socios. Su planificación prevé una instalación básica en la región del polo sur antes de 2035. Ese horizonte debe entenderse como una meta de construcción y operación científica, sin confundirlo con la existencia asegurada de una base habitada permanentemente para esa fecha.
Estados Unidos, por su parte, superó una etapa importante con Artemis II. Sus cuatro tripulantes regresaron a la Tierra el 10 de abril de 2026, después de un viaje de casi diez días que incluyó un sobrevuelo de la Luna. La misión permitió probar con personas a bordo la nave Orion y avanzar en la preparación de expediciones posteriores, aunque no contempló descender a la superficie.
El siguiente paso estadounidense será distinto del planteado originalmente. Artemis III está prevista para 2027 como una misión de demostración en órbita terrestre, donde se probarán maniobras y sistemas necesarios para el descenso lunar. La NASA sitúa el primer alunizaje tripulado de esta nueva etapa en Artemis IV, prevista para 2028. Ambas fechas representan objetivos sujetos a la preparación de los vehículos y a los resultados de las pruebas.
Una parte decisiva del programa depende de los módulos de alunizaje desarrollados por SpaceX y Blue Origin. La NASA planea ensayar el encuentro y acoplamiento de Orion con uno o ambos sistemas comerciales, además de comprobar funciones de soporte vital, comunicaciones y propulsión. Por ello, el éxito de Artemis II constituye un avance relevante, pero completar un vuelo alrededor de la Luna no resuelve por sí mismo los desafíos de bajar, trabajar y despegar de ella.

La competencia también plantea preguntas sobre el uso de los recursos. El Tratado del Espacio Exterior de 1967 prohíbe la apropiación nacional de la Luna y establece la libertad de exploración y acceso. Los Acuerdos Artemis, que alcanzaron 76 países firmantes el 25 de septiembre de 2026, sostienen que extraer recursos puede ser compatible con ese tratado.
Sus zonas de seguridad buscan coordinar actividades y evitar interferencias; son temporales y deben respetar el libre acceso, por lo que no equivalen a propiedades territoriales ni a un permiso general para excluir a otros.
Los planes de ambas potencias permiten anticipar que la capacidad de permanecer tendrá tanta importancia como la de llegar. Instalar equipos resistentes, asegurar energía y aprender a utilizar materiales locales serán condiciones esenciales para ampliar las estancias y preparar expediciones más lejanas. El polo sur lunar ofrece oportunidades científicas y operativas, pero convertir sus depósitos de hielo en una fuente confiable de abastecimiento sigue siendo una tarea por demostrar.
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