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Opinión invitada, por la psicóloga Liliana Briseño Pelayo

En México hemos estado viviendo una serie de eventos profundamente violentos: feminicidios, desapariciones y agresiones que parecen no detenerse. Una mujer asesinada por su suegra dentro de su propio hogar, el lugar donde debía sentirse segura; un adolescente que abrió fuego contra dos maestras de su escuela; una joven que acudió a una entrevista de trabajo y fue encontrada sin vida; una madre y una hermana buscadoras asesinadas en vísperas del 10 de mayo, ambas integrantes de un colectivo de búsqueda; y un joven que asesinó a su propia madre porque ella no quiso darle dinero ni permiso para salir, para después reportar su “desaparición”.

Y estos son solo algunos casos mediáticos. La pregunta inevitable es: ¿cuántos más ocurren todos los días sin recibir atención pública? Todo esto debería hacernos reflexionar sobre la salud mental en nuestra sociedad.

Hemos perdido empatía y nos hemos desensibilizado ante el sufrimiento ajeno. Pero también es importante entender que la violencia feminicida no surge de la nada: es consecuencia de una cultura machista profundamente arraigada que afecta tanto a mujeres como a hombres. A muchos hombres se les enseña que las mujeres les pertenecen, que están para atenderlos, cuidarlos y vivir para ellos. Cuando descubren que eso no es así, aparece la frustración y, muchas veces, la respuesta aprendida frente a esa frustración es la agresión.

Porque tampoco se les ha permitido desarrollar emociones como la ternura, la compasión o la vulnerabilidad; se les exige dureza, control y autosuficiencia.

Mientras tanto, las mujeres vivimos en un estado constante de hiperalerta: miedo, angustia, desconfianza y preocupación. Cada feminicidio nos recuerda que la violencia puede ocurrir en cualquier espacio: en casa, en la calle, en la escuela, en el trabajo o incluso dentro de nuestras propias familias.

A esto se suma un contexto social cada vez más desgastante: violencia generalizada, precariedad económica, jornadas laborales extensas, transporte público deficiente, falta de agua y servicios básicos insuficientes. Muchas personas pasan horas trasladándose y apenas conviven con sus seres queridos.

Y, en el caso de muchas mujeres, al llegar a casa comienza un “segundo turno”: tareas domésticas, cuidados y crianza, como si estas responsabilidades les correspondieran exclusivamente a ellas. Todo esto impacta directamente en la salud mental.

Y, sin embargo, el acceso a servicios psicológicos y psiquiátricos gratuitos o de bajo costo sigue siendo insuficiente. A los hombres se les enseña que deben resolver todo solos y que pedir ayuda es una señal de debilidad. Esa presión incrementa el estrés, el aislamiento y la frustración, perpetuando nuevamente el ciclo de violencia.

Hablar de salud mental no es un lujo ni una moda. Es una necesidad urgente. No podemos seguir normalizando el dolor, la violencia y el miedo como parte cotidiana de la vida.

Necesitamos instituciones accesibles, educación emocional, redes de apoyo y una transformación cultural profunda que nos permita construir relaciones más humanas, más empáticas y libres de violencia.

Porque, mientras sigamos ignorando el impacto del machismo, la desigualdad y la precarización en la vida cotidiana, los feminicidios y la violencia seguirán siendo vistos como casos aislados, cuando en realidad son el reflejo de una sociedad profundamente herida.

E-mail: lilianabriseno@gmail.com